Permítanme el disfemismo. ¡Hijo de puta!

Hoy, los miedos enterrados de la pubertad han vuelto a mi para hacerme sentir nuevamente vulnerable.

Hace tiempo que no vivo con mis padres, pero todo emancipado sabe que los fines de semana, la comida de mamá es tan irresistible como las feromonas. Pues bien, entraba en el portal, aunque nuestra querida comunidad de pijos quiera llamarlo Hall, y me disponía a cerrar la puerta cuando vi su silueta. Allí estaba él. El típico vecino que todos hemos tenido. Un hombre al que la palabra viejo le hace parecer joven, un personaje de los de boina, de los de “esta juventud lo tiene todo muy fácil ” y de los de “ya no hay respeto“.

La primera vez que lo ví fue en ese mismo Hall, yo diez años más joven y él, completamente igual. Los años, y quiero creer que la mala leche, le habían retorcido su posible metro ochenta por el estómago hasta alcanzar el metro sesenta. Siempre estaba acompañado de un bastón de nogal que tenía casi la misma cantidad de marcas que él. Su andar era ridiculamente lento y pausado, casi con movimientos guiados por espasmos. Solía pasear el mismo día a la misma hora y, recorrer los siete metros desde el ascensor hasta la puerta de la calle era, para él, una heroicidad digna de medalla olímpica. Las cotillas del portal solían matar al pobre anciano una vez cada pocos meses:

cotilla 1: ¿Sabes quién ha muerto?

grupo cotillas: ¡No!.

cotilla 1: El señor mayor del cuarto.

grupo cotillas: ¡Ohhh!, no me digas.

Estos rumores de de prensa de portal junto a su cara, que siempre me pareció esculpida en piedra, hacía que a veces, al verle en su odisea particular de alcanzar la puerta, creyera que realmente había muerto y que habían situado allí una estatua en su honor (así son en la comunidad). De repente, como si de un bailaor flamenco se tratase, golpeaba el suelo con el bastón emitendo un sonido hueco y, acto seguido, veías moverse las alpargatas grises. El esfuerzo repentino le dejaba un centímetro más cerca de su destino: la puerta.

Ese primer día que le ví en el portal, me parecio el típico anciado entrañable con una vida entera de anécdotas y vivencias que contar. Me acercaba a él mientras seguía pensando en cómo jugaba con sus nietos, olvidando ya los malos tiempos de hambre y represión. Cuando me encontraba a su lado, él ya tenía la cabeza levantada y sus dos ojos azules me miraban fijamente. Yo, sin pensarlo, di el primer paso. -¡Buenos días!-.

Como si le hubieran abandonado las fuerzas al escuchar esas palabras, el anciano dejó caer su cabeza y continuó con sus asuntos. Ni siquiera el eco me respondió.

La primera vez, no le di importancia. Al llegar al ascensor pude ver la perplejidad de mi cara en el espejo. Pensé que al tener tanta edad tendría problemas auditivos y me culpé por no haberle gritado un poco el saludo. No tarde en tener una segunda oportunidad…y una tercer…y una octava. La última vez recuerdo entrar al ascensor y volver a ver, reflejada en el espejo, una realidad que oculté desde el primer día. Llegué a maldecir a mis padres por la educación que me habían inculcado y que me impedía retirarle el saludo a un entrañable anciano. Cuanto más me resistía, más dolorosa era la visión de mi cara en aquel espejo.

Un día decidí mantenerme fuerte. -¡Que le jodan!- dije para mis adentros. -Por mis cojones que la próxima vez no le saludo.-

Esa próxima vez no se hizo esperar. Solté la puerta de entrada y le vi. En ese momento, todos mis sentidos se pusieron en alerta. Ni siquiera oí la puerta cerrarse tras de mi. Clavé mis ojos en los suyos e intenté recordar mi cara reflejada en el espejo manteniendo todo el odio en mis tripas. Él no escatimó en artimañas. Me mantuvo la mirada fija y en sus ojos color cielo me pareció leer ternura. Seguí con paso firme. Ya lo había conseguido. Estábamos hombro con hombro y él hizo un gesto con la cabeza, sólo perceptible desde mi distancia, en lo que parecía ser un comienzo de saludo. Yo sólo me repetía -¡Gané!-. Antes de que pudiera darme cuenta escuché un -¡Buenos días!-. Era mi voz, pero yo no había dado la orden. Las palabras se escaparon de mi boca con asombrosa timidez pero rebotaron en mis oídos y en mi cabeza como mazas de acero. El viejo movió la comisura de los labios dejando ver una sonrisa de victoria, paciencia, sabiduría y veteranía. Nuevamente me había derrotado. Me sentía como el niño pequeño que quiere interrumpir a su padre mientras habla tirándole de la chaqueta y este le dice – Ahora están hablando los mayores -. Así me sentí, como si quisiera entrar en un juego de mayores siendo un crío. Entendí que la lucha implicaba más que un simple saludo. El anciano era bueno y él lo sabía. La última batalla no se ganó por coraje, ni por fuerza, fué una guerra psicológica en la que yo no podía hacer nada. Aquél hombre posiblemente había hecho la mili en Ceuta o Melilla y para él sólo era un juego. Fué ese día, en ese momento, en ese ascensor y viendo mi cara reflejada, cuando comprendí que nunca ganaría la batalla.

No volví a ver al personaje hasta después de varios meses. Ya había cerrado la puerta, y mis heridas, cuando me giré y me topé de bruces con su cara de piedra. No opuse resitencia. Comencé a andar y dije con tono de derrota. -Buenos días-. No había terminado de dar dos pasos cuando a mi espalda escuché. -Buenos días y encantado de saludarle-

Aquí está mi aventura que hoy a vuelto a mi. Ahí estaba yo, diez años más viejo y él, completamente igual. Caminé hacia él y le saludé con una pequeña sonrisa de complicidad queriendo hacerle recordar nuestra gran batalla. -¡Buenos días!-. Ni siquiera el eco me respondió. ¡Hijo de puta!

2 Respuestas a “Permítanme el disfemismo. ¡Hijo de puta!”


  1. 1 El Anacoreta Urbano Agosto 23, 2008 a las 3:23 pm

    Inmejorable puesta en escena en esto de los blogs.

    Es un placer leerte.

    Estoy impaciente por ver hacia dónde avanza esta tú aventura.

    Un saludo.

  2. 2 PrimoLarry Septiembre 3, 2008 a las 1:34 am

    Muchas gracias por tus palabras de ánimo y por ser el primero en comentar en mi ya más que estrenado blog


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